El aumento de los problemas de salud mental en adolescentes y jóvenes hace que ya se hable de crisis incluso en ámbitos académicos. Los estudios respaldan una tendencia ascendente a informar de problemas de salud mental, Cova, F., Grandón, P., Nazar, G., Hernández, C. R., & Sepúlveda, G. L. (2025). Psychologist Papers. Papeles del Psicólogo, 46(1), 33-40
La psiquiatrización social, que se refiere a la cultura terapéutica o diagnóstica que ha ido adquiriendo e incorporando la sociedad en su día a día, y ante la que hemos vivido una popularización creciente. No hay duda de que, a lo largo de los siglos XX y XXI, se han ido propagando los conceptos relacionados con la salud mental. Los medios de comunicación tradicionales y las actuales redes sociales han contribuido a llevar la atención hacia este campo, a veces de forma espontánea y otras como parte de campañas de sensibilización, sobre todo, tras la pandemia de COVID-19.
Las investigaciones avalan la propensión creciente de la población entre diez y veinticinco años a informar de síntomas de ansiedad, tristeza, estrés psicológico, estados depresivos, malestares psicosomáticos, En los países de altos ingresos esta tendencia se refiere a problemas de salud mental internalizados, es decir, a comportamientos y alteraciones emocionales que se expresan hacia adentro y dañan a quien los padece (por ejemplo, ansiedad). En otros lugares, como Latinoamérica, también hay un aumento de los problemas externalizados, que se expresan con conductas que dañan el entorno o a otros (por ejemplo, conductas antisociales).
Con relación a los primeros, los problemas internalizados, se han barajado varias hipótesis explicativas, que se pueden agrupar en dos bloques: a) cambios en las condiciones macroeconómicas, adelanto en el inicio de la pubertad y creciente y temprana inmersión en las tecnologías digitales; b) mayor disposición de los y las adolescentes (entre diez y veinticinco años), a identificar y a expresar síntomas de salud mental
El riesgo de etiquetar como trastorno todo malestar subjetivo.- Esta psicopatologización puede provenir de quien padece el malestar, así como de su entorno cercano e incluso profesional. Por supuesto, abrirse a la posibilidad de padecer un trastorno puede ser positivo: lo es si facilita la detección temprana y el acceso a tratamientos pertinentes. Sin embargo, es negativo si se cae en un sobrediagnóstico, que acaba conduciendo a tratamientos indebidos o iatrogénicos, es decir, que causan daños por los efectos secundarios: por la medicación, por la incidencia que tiene un diagnóstico en el autoconcepto.
No debemos olvidar que “hay reacciones esperables a circunstancias adversas que son propias de la vida y del desarrollo humano”, y no deben tratarse como problemas psicológicos, menos aún si incluyen psicofármacos.
La forma en que se etiqueta el malestar influye en cómo se manifiesta.- Cómo entendemos y categorizamos nuestros síntomas puede intensificarlos o estabilizarlos. En este sentido, aumentar el etiquetado de los malestares como problemas de salud mental puede estar generando incrementos de estos problemas al incidir sobre el autoconcepto y el comportamiento; también por cómo nos etiquetan los demás, a modo de profecías autocumplidas: podría llevar a los y las adolescentes a que su sufrimiento y dificultades tomen la forma patológica que se espera socialmente. Las redes sociales en las que lo jóvenes están inmersos son un lugar donde abundan los estereotipos de etiquetas diagnósticas.
Los datos sobre mayor demanda de atención sanitaria no son inequívocos de que hayan aumentado los problemas. El incremento de la demanda de atenciones de adolescentes en salud mental puede haberse incrementado, pero esto podría explicarse por los procesos de psiquiatrización social. En cualquier caso, sí se ve obvio que hay niveles importantes de malestar subjetivo y de sufrimiento en esta población y, aunque no se pueda determinar si es mayor o menor que en otras épocas, está muy presente y, por ello, debe ser estudiado y atendido con esmero. El malestar adolescente es una realidad, pero psicopatologizar no es la solución
No hay duda de que las transformaciones sociales también ejercen un impacto en los adolescentes: multiplicidad de opciones, virtualización de la vida (que implica vínculos sociales debilitados, soledad…); todo esto podría incrementar las experiencias de desarraigo existencial que puede traer el desasosiego y angustia. Ahora bien, estos malestares no necesariamente son problemas de salud mental y, menos aún, trastornos mentales,
La psicopatologización del malestar tiene implicaciones arriesgadas, tanto a nivel social y de políticas de salud mental como a nivel individual. Por ejemplo, en lo social y político podría llevar nuestra atención hacia el aumento de servicios clínicos y detección temprana y, paralelamente, relegar o desplazar los factores socioculturales que, quizá, sean los que están detrás de ese malestar. También se pone el foco en los comportamientos internalizados de la adolescencia, donde se observa el incremento de problemas, quizá oscureciendo los comportamientos externalizados, que ocurren en otras regiones del mundo y en los sectores sociales más desfavorecidos. Y, si los servicios de salud mental acogen formas más leves de malestar, quizá no puedan atender detenidamente a quienes presentan problemas más severos y limitantes.
¿Qué alternativas hay?
· Cuestionar el uso las redes sociales y el acceso temprano a ellas.
· Promover iniciativas para la integración activa de los adolescentes en el mundo social y natural “no virtual”.
· Contacto con la naturaleza
· Deportes, ocio sano.
· Comunicación y planes en familia.
PSICOLOGA MARIA PILAR FUENTE COLEG G04034
PSICOLOGA SANITARIA. CLINICO Y MASTER EMDR. TERAPEUTA FAMILIAR SISTEMICA