Una paciente de 36 años llega a consulta derivada por crisis recurrentes de angustia que ningún tratamiento previo ha movido del todo. Te describe su biografía y, según ella, no hay gran cosa que contar. Padres juntos, sin separaciones traumáticas. Sin maltratos. Sin grandes pérdidas. Sin abusos. Estudió, trabaja, viaja, gana dinero, es ejecutiva exitosa en un sector competitivo.
Y sin embargo. Sus relaciones de pareja son intensas y breves, siempre rompe ella, no entiende por qué. Somatiza con frecuencia: dolores musculares vagos, problemas digestivos, dolores de cabeza. Llora "sin motivo" varias veces al mes y le da rabia no entender por qué llora. Cuando le preguntas qué siente en sus crisis, responde con palabras precisas pero ningún cuerpo detrás. Ningún diagnóstico clásico le aplica del todo. No es depresión mayor. No es TLP. No es trastorno de ansiedad puro.
Llevas tres sesiones sin saber qué le pasa, exactamente. Y sin embargo intuyes que algo importante está ahí, fuera del relato. Esta paciente, probablemente, es un caso de trauma relacional temprano. La herida no está en lo recordable, porque ocurrió antes de que hubiera lenguaje para registrarla. Está en el cableado mismo del sistema nervioso autónomo, construido en los primeros años con un cuidador disregulado.
Hoy hablamos de cómo detectarlo cuando la biografía no lo anuncia. De qué dice la neurobiología interpersonal sobre estas heridas mudas. Y de por qué requieren un trabajo psicoterapéutico distinto, más largo y, cuando se hace bien, más reparador.
Allan Schore, en Affect Regulation and the Repair of the Self (Norton, 2003), articula la tesis fundamental sobre la que se sostiene todo este territorio clínico. Lo que ocurre entre la madre, o el cuidador principal, y el lactante durante los primeros dos años configura la arquitectura del sistema nervioso autónomo. Especialmente del hemisferio derecho, encargado de la regulación afectiva implícita y de la lectura social no verbal. Si la regulación temprana es deficitaria (madre depresiva, padre ausente, cuidador intrusivo, entorno impredecible), el sistema queda configurado para una regulación adulta deficitaria. No por elección. Por construcción.
Bessel van der Kolk propuso formalmente en 2005, en Psychiatric Annals (35(5), 401-408), el diagnóstico Developmental Trauma Disorder para nombrar este cuadro en niños y adolescentes con historia de disregulación crónica de los cuidados, en ausencia de trauma evento único identificable. El DSM-5 rechazó la propuesta tras un proceso largo de deliberación. La clínica del trauma, sin embargo, hace cada vez más necesario el concepto. La realidad clínica suele preceder a la nomenclatura oficial por décadas.
Daniel Siegel, en The Developing Mind (Guilford, 1999), aporta el marco más amplio: la neurobiología interpersonal. Su tesis es que la mente humana no se construye dentro del cráneo, sino entre los cráneos. La relación temprana con un cuidador regula al lactante hasta que el lactante aprende a autorregularse. Si esa regulación faltó, lo que falta en el adulto no es información sobre cómo regularse: es la capacidad neurobiológica instalada para hacerlo.
Bowlby ya lo había anticipado en Attachment (Basic Books, 1969) desde otro vocabulario. Peter Fonagy y su equipo, en Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self (Other Press, 2002), añadieron el componente reflexivo: la mentalización adulta deficitaria suele tener su raíz en cuidadores que no mentalizaron al lactante.
La consecuencia clínica es decisiva. Muchos cuadros adultos (ansiedad, depresión recurrente, TLP, evitación, somatización, alexitimia) son en realidad expresiones tardías de trauma relacional temprano. Y eso cambia el tratamiento: no es elaboración cognitiva, es vínculo correctivo sostenido durante años. Marín lo formula con su precisión habitual: "el apego es destino regulable. La psicoterapia ofrece la segunda construcción".
Hay heridas que no tienen relato porque ocurrieron antes del lenguaje. No se cuentan. Se reactúan, se somatizan, se viven sin entender por qué. Solo el vínculo terapéutico sostenido durante años permite, lentamente, que el sistema construya por primera vez la experiencia que le faltó. Trabajar con pacientes así es uno de los espacios clínicos más exigentes del oficio. Pide paciencia, formación profunda y la capacidad de sostener temporadas largas en las que aparentemente no ocurre nada espectacular.
Pero ocurre. Lentamente. Al final del recorrido, la paciente que llegaba sin saber pedir ayuda puede pedirla. La que rompía todas sus parejas puede sostener una. La que somatizaba cada conflicto puede sentirlo en su cuerpo sin que el cuerpo lo escriba en síntoma. Por primera vez, vive una experiencia que nadie le dio cuando tocaba: la de ser sostenida sin condiciones.
Fuente: FORMACION PSICOTERAPIA. Julio 2026
MARIA PILAR FUENTE PSICÓLOGA COLG G4034
CENTROS SANITARIOS C-15-003650 BOIRO y C-15-004977 RIBEIRA
CLÍNICO EMDR. - TRAUMA, APEGO Y DISOCIACION.